¿Quieres valorar este artículo?
[Valoración: 3 Votos 2]

entierro inhumación cadáver

Aunque el uso de la palabra inhumación no es muy común, se trata de una práctica muy habitual en nuestro país. Y es que, la inhumación no es otra cosa que el entierro de una persona difunta o ser querido. Es decir, al acto de introducir el féretro, donde descansa su cuerpo, bajo tierra (o en un nicho). Lo que también se conoce como dar sepultura. El entierro o inhumación de un cadáver es hoy en día la forma mayoritaria en España de despedida.

El entierro o inhumación de un difunto: preferencia mayoritaria aún en España

Según datos de Panasef, Asociación Nacional de Servicios Funerarios, el 65 % de las personas fallecidas en España opta por la inhumación o entierro frente a la incineración.

Si bien es cierto que existe una tendencia cada vez mayor a la cremación, las incineraciones aún se sitúan por debajo de los entierros en nuestro país, sobre todo en las zonas rurales, donde la preferencia mayoritaria es la tradicional.

La inhumación: una práctica cambiante en nuestro país

Hoy en día, prácticamente toda persona que es enterrada lo hace en un cementerio, cumpliendo así con la normativa de salud pública al respecto. No hacerlo precisa de una autorización específica administrativa que en raras ocasiones se concede.

Sin embargo, esto no ha sido siempre así.

Tal y como señala el investigador Joaquín Zambrano González, de la Universidad de Granada, en su trabajo Cultura funeraria popular en España y su presencia historiográfica, fueron los miembros notables de la sociedad quienes popularizaron los enterramientos, que comenzaron a llevarse a cabo dentro de las iglesias.

De hecho, María José Collado Ruíz señala en “La salida de los enterramientos de las iglesias hacia los cementerios extramuros de la capital granadina”  (Tiempo y sociedad, 2013) lo costoso que fue eliminar esta arraigada costumbre y como el proceso “se dilató hasta bien entrado el siglo XIX. Ya que contó con la oposición, tanto de los fieles como de las autoridades eclesiásticas”.

Entierro o inhumación de un difunto: por qué comenzó a hacerse

La necesidad de preservar la salubridad pública (las epidemias comenzaban a ser una constante en la época) y la integridad de los templos fueron los motivos que impulsaron la construcción de cementerios alejados de la ciudad.

Según Zambrano González, en el siglo XIII aparecen ya disposiciones legislativas sobre el enterramiento en el interior de iglesias. Siendo la época de la Ilustración y sus muchas reformas la que sentaría las bases de las nuevas inhumaciones en recintos ajenos.

De hecho, según el autor, es la promulgación de la Real Cédula de Carlos III en abril de 1787 la que prohibirá definitivamente enterrar en el interior de la iglesia. Estableciendo nuevas zonas extramuros de la ciudad.

A pesar de ello, la inhumación en cementerios no se consolidaría de forma generalizada hasta la segunda mitad del siglo XIX. Pasando la gestión de estos a principios del siglo XX a manos de los gobiernos locales. Esta peculiaridad supuso un salto cualitativo y cuantitativo. Modificando la forma de enterrar a los difuntos para siempre. Por ejemplo, comenzaron a levantarse los denominados nichos, y los ritos funerarios se homogeneizaron.

Coste de un entierro

Si hablamos de inhumaciones, el precio varía enormemente en función de la provincia en la que nos encontremos. Lo normal es que se mueva en torno a los 3500 euros. Sunque la horquilla varía enormemente, de entre 1000 y 1700 euros hasta los 6.000 euros.

Este precio incluye:

  • El féretro.
  • El servicio de traslado del cuerpo del difunto del hospital o la vivienda al tanatorio y la estancia en este.
  • El traslado desde el tanatorio al cementerio.
  • La preparación del cuerpo.
  • Y los trámites burocráticos necesarios antes de dar sepultura.

Si quisiéramos contratar servicios funerarios extraordinarios (recordatorios, flores, cáterin, etc.), el coste se elevaría considerablemente, pudiendo superar incluso los 6000 euros.

La funeraria, un imprescindible

De todo esto se encarga la funeraria, una figura hoy en día imprescindible que comenzó a popularizarse a mediados del siglo XX, cuando el fallecimiento en hospitales empezó a ser lo más común. Atrás quedaban los velatorios en casa y todo lo que ello conllevaba en preparativos y gestiones que debía afrontar la familia y amigos del difunto.

A esto habría que sumar el precio de adquisición y mantenimiento de la lápida o del nicho donde va a ser introducida la persona fallecida, así como los servicios del enterrador o sepulturero.

En cuanto al plazo que tenemos para enterrar a un ser querido, otra pregunta habitual llegado el caso, todo dependerá de lo que tardemos en tramitar la defunción y obtener los permisos necesarios, algo que suele llevarnos no más de 24 horas, el mínimo exigido por la legislación actual desde que se certifica la muerte hasta que la persona puede ser enterrada. El máximo suele establecerse en 48 horas, salvo casos excepcionales.

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *