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La existencia humana se compone por el binomio muerte y vida.

La muerte se ve de manera distinta dependiendo de la cultura y costumbres a lo largo del tiempo.

Renombrados filósofos han hecho referencia a la muerte a través de sus escritos con distintas perspectivas:

Para Tomás de Aquino la muerte representaba el fin de la vida y por tanto “La más grande de las desgracias humanas”. Hegel defendía que la muerte es una liberación del espíritu que está encerrado en la naturaleza. Mientras que para Platón y Sócrates la filosofía era un instrumento para aprender a separar el alma del cuerpo ya que al morir el alma perdura.

En el siguiente artículo os explicamos la importancia de los ritos funerarios en España y sus diferencias con los que ha habido aquí en Euskadi.

La muerte como un proceso

Antiguamente, en el siglo XVIII, el proceso de la muerte se solía gestionar dentro del seno de la familia. Era un acto íntimo donde los familiares acompañaban y cuidaban de su ser querido hasta el último momento.

Durante los últimos días de vida, la familia tradicional encendía velas y solían poner en las manos del moribundo un crucifijo o un escapulario. Así mismo, un sacerdote le administraba los sacramentos del viático o santolio y la extremaunción.

Si el doliente pertenecía a una cofradía o hermandad, lo habitual en esa época, los demás miembros eran convocados para acudir al domicilio y orar por su perdón.

Para comprobar que la persona había fallecido, la única forma efectiva era acercando un espejo o vela a la boca.

Ritos funerarios en España: Mortaja, Sepelio y Luto

El desdoblamiento cultural en las distintas regiones de España da lugar a numerosas tradiciones y creencias. No obstante, el ritual único e igual para toda España se componía por el amortajamiento, sepelio y luto.

Amortajamiento

Una vez probado el deceso, se realizaba el aseo del difunto. Como elemento diferenciador del resto de España, en el País Vasco el agua empleada para este uso se hervía previamente con especies como el romero o laurel.

Tras asear a la persona, se procedía a vestir al difunto para su exposición ante familiares y amigos. Este proceso es conocido como el amortajamiento.

Dependiendo del estatus social del difunto se le vestía con un tipo de vestimenta u otro:

Lo más habitual era utilizar el traje. No obstante, en casos de extrema pobreza se recurría al sudario o sábana blanca. También se recurría al color blanco de las vestimentas si se trataba de un infante, con la intención de destacar su carácter inocente. La persona que pertenecía a una hermandad u orden militar, portaban el hábito de la orden o del oficio.

El lugar de la exposición del cuerpo, como norma general, era el propio lecho dónde había fallecido o el salón de la vivienda.

Una vez concluido el amortajamiento y ubicación del difunto en la estancia, se velaba durante un día (alrededor de veinticuatro horas). Este proceso surge como una técnica más para certificar la muerte.

Costumbres en el sepelio

Tras el velatorio, el siguiente paso era la conducción del cadáver a la parroquia o cementerio para el entierro.

Como tradición arraigada, la salida del féretro del domicilio se producía siempre con los pies por delante, excepto en caso de que fuera un niño o un sacerdote, que sería ser al revés.

El féretro era llevado a hombros por los hombres del pueblo, pero en ningún caso era portado por los hombres más cercanos a la familia.

A la comitiva formada por miembros de la hermandad, familia y, en último lugar, los familiares y amigos no muy allegados. A éstos se les unían vecinos del pueblo y poblaciones de alrededor, así como las plañideras o lloronas contratadas para la ocasión.

La celebración del oficio se hacía de corpore insepulto, es decir, sin los cuerpos de los difuntos presentes ya que se les prohibía la entrada en la iglesia.

La inhumación se llevaba a cabo una vez comprobados los datos del fallecido y el lugar que le corresponde en el cementerio.

A este acto sólo acudían los familiares muy allegados, parientes y amigos quienes tenían por costumbre arrojar un puñado de arena sobre el féretro y orar por el alma del recién enterrado.

Luto

Tras la salida del cementerio la familia recibe el pésame por la pérdida y se embarcan en un período de luto.

Las ventanas y puertas de las casas donde se había producido un fallecimiento permanecían cerradas. Los visillos eran de color negro y los cuadros girados sobre la pared.

El veto de la familia a los actos públicos o fiestas, así como no salir de casa durante los próximos tres días al entierro, se cumplía para honrar la memoria del difunto a través del silenció y la oración de las mujeres.

En cuanto a la vestimenta, toda la familia se teñía de luto. Las mujeres portaban mantón, mantilla o pena negra mientras que los hombres llevaban sombrero, capa, un brazalete de tela negra en el brazo o un triángulo negro en la solapa de la chaqueta.

Se distinguen tres tipos de luto que corresponden al grado de parentesco con el fallecido: riguroso, medio luto o alivio y final.

En el luto riguroso, que solía durar 6 meses, sólo se vestía el color negro. El medio luto o alivio incluía colores grisáceos o malva. Y, en el período del luto final se introducían los colores vivos.

Rituales y costumbres del País Vasco

Dentro de la comunidad vasca es muy importante destacar la importancia que tiene el barrio o auzoa. La intervención de la vecindad se halla en función de la distancia y proximidad que explica una rápida y eficaz colaboración.

En los pueblos de Euskal Herria era habitual avisar al vecino más próximo en primicia de la muerte de un ser querido.

Aunque la costumbre de ofrecer comida y vino por la noche a las personas que velaban el cuerpo del difunto se extendió por toda España, en el Euskadi, además de ofrecer café y galletas durante el velatorio, tenían como costumbre tras el enterramiento, que la familia del finado ofreciera a los parientes y vecinos más próximos, así como a los andarijjeri (los encargados de llevar a hombros el féretro), una comida en la taberna señalada para ello.  Era toda una tradición considerada como la comida que sigue a la misa de entierro o enterrue bazkarijje.

En cada uno de los tres domingos siguientes al entierro, aparte de las misas del novenario (misa diaria en sufragio del alma del fallecido) se celebraba otra misa en la que se ofrendaban unos panes especiales de ofrenda u olatak. En según qué pueblos vascos eran los vecinos los encargados de elaborar estos panes caseros.

Como ejemplo de esta conducta generosa, considerada la caridad. En Narvaja (Álava), los niños en edad escolar acudían, junto a su maestro, a la puerta de la casa del difunto donde se les atendía con trozos de pan y un poco de vino. Lo mismo ocurría con los mendigos de la zona que eran obsequiados con pan, queso y vino.

Aunque hoy en día muchas de las costumbres están en desuso, nuestra sociedad es cada vez más plural y tiene peticiones más particulares, Funeuskadi siempre se adapta a los requerimientos y costumbres de la familia a la hora de organizar una despedida religiosa o un funeral civil.